Las fallas del PAE contribuyen al ausentismo

 

El programa estatal que debería alimentar a los estudiantes funciona con irregularidades. El financiamiento es insuficiente para cumplir la promesa gubernamental de garantizar nutrientes a 100% de los alumnos

 

 

Las deficiencias de alimentación, tanto en las casas como en las escuelas, se presentan como uno de los factores que conspiran contra la asistencia de los niños a clases. Un indicador informal, que a los maestros les sirve para ilustrar el drama del hambre en los planteles, es la multiplicación de episodios de niños que se desmayan cuando se entonan las notas del himno nacional. De allí que el Programa de Alimentación Escolar sea un importante factor para la retención de los escolares en las escuelas, pero cada vez se cumple de forma más irregular, señala la investigadora en el área de educación Olga Ramos. “Cuando lo hay, la oferta nutricional deja muchísimo que desear”.

El ministro de Educación, Elías Jaua, aseguró esta semana que han puesto a funcionar 2.000 comedores escolares y que los programas alimentarios cubren más de 16.000 de las cerca de 25.000 escuelas del país. El más reciente informe sobre derechos humanos en Venezuela de la ONG Provea, basada también en declaraciones de Jaua, se aproxima a cuál es la cobertura real del programa. “El PAE atiende a 3.736.000 estudiantes del subsistema de educación básica. Es decir, cubre 51,92% de población estudiantil de este subsistema. A esa limitación hay que agregar que el PAE no se garantiza en las escuelas beneficiadas, donde no se distribuyen alimentos los 5 días del calendario escolar”.

La falta de comida es la razón más importante para no ir a clases para los estudiantes de los sectores más pobres, según la Encuesta Nacional Condiciones de Vida, pues 24 escolares de cada 100 lo señalan como el principal impedimento para acudir al aula. El análisis de Provea profundiza en las deficiencias de financiamiento que impiden que el programa compense la emergencia alimentaria que afecta a más de 80% de los hogares, según la Encovi. “El Ministerio de Educación anuncia que en 2018 se garantizará 100% del PAE, para lo cual del presupuesto del ministerio se le asignará al programa 20%, lo que en bolívares asciende a 281 millardos. Esta cantidad significa que se destinarán para un año tan solo 6.267,84 por mes, por estudiante actualmente beneficiado”, señala el documento de Provea. Sin embargo, si en realidad se propusieran elevar esa cobertura a toda la población, la cifra se reduciría aún más, a poco más de 3.000 bolívares por mes, “ni siquiera para garantizar una galleta de soda”.

Lápiz today

La coordinadora de Educación para la Paz de Fe y Alegría, Luisa Pernalete, ha construido una guía que le permite medir cómo las penurias económicas afectan el derecho a la educación. Se basa en el costo de un lápiz en el mercado. “Hace poco conversé con un trabajador del aseo urbano que me dijo que tenía dos semanas que no podía enviar a sus hijas a clases porque no podía comprarles lápices. Entonces tenemos allí un indicador: una caja de lápices el año pasado costaba 1.000 bolívares y ahora un solo lápiz está por el orden de los 180.000 bolívares”.

Ramos considera que la Educación “gratuita”, financiada por el Estado, se ha convertido en realidad en un servicio que ha pasado a ser financiado por los maestros, que tienen que suplir muchas de las deficiencias de los planteles con recursos de sus menguados bolsillos. El propio Jaua aseguró que la remuneración de los docentes alcanza 14 millones de bolívares mensuales en promedio, cifra que no cubre ni siquiera 25% de la cesta alimentaria familiar, que se situó en100.174.980,98 de bolívares en abril, de acuerdo con cifras del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación de Maestros de Venezuela. El informe de Provea también lo puntualiza: “Las condiciones laborales de los docentes han sido afectadas por la crisis humanitaria que atraviesa el país y la alta inflación”.

Ramos insiste en los problemas que acarrea esa distorsión. “Los maestros han tenido que comenzar a costear con su sueldo y con los otros trabajos que puedan estar realizando para subsistir, el funcionamiento de la escuela; pero además de eso, a finales de año se les ‘invita’ tanto a ellos como a los padres y representantes a ‘colaborar’ con el mantenimiento escolar llevando útiles y materiales de limpieza”.

La emergencia en la que están las escuelas requiere solidaridad, que se está dando de manera espontánea dentro de los propios planteles. “Por ejemplo, son muchas veces los compañeritos los que completan la merienda de otros”, apunta. “Otras veces hay madres que llevan lápices de más y se los dejan a los educadores para que ellos puedan ayudar a los que no tienen”, agrega Pernalete. Sin embargo, además de eso también se requiere una acción dirigida, coinciden las educadoras. “Necesitamos un maestro preparado para abordar lo que puede estar preocupando a los niños en clases, juegos terapéuticos y primeros auxilios psicológicos, que el niño pueda expresarse: hablar de lo bueno y de lo malo”, apunta.

La emigración también se sentó en el salón de clases

La diáspora es una materia nueva en las escuelas venezolanas. La emigración de venezolanos, que superó el millón y medio de personas entre 2015 y 2017, según cifras de la Organización Internacional de Migraciones, se ha colado entre los pizarrones y los pupitres, bien en la forma del maestro que apenas alcanza a despedirse de sus alumnos y de su país, bien en la de familias que se marcharon y han dejado a los niños a cargo de tíos, padrinos o abuelos.

A estas escalas se trata de un fenómeno, dice el investigador de la Universidad Central de Venezuela Luis Bravo Jáuregui: Los educadores “de toda condición laboral y política se marchan espantados del país a donde sea, cuestión que lleva a niveles de pánico la vieja tendencia de los más calificados a buscar horizontes laborales en el mundo desarrollado”.

En las escuelas de Fe y Alegría, han llegado a contabilizar un promedio de 45 escolares que viven en primera persona las consecuencias de la migración, señala Luisa Pernalete, coordinadora de Educación para la Paz de esa red de instituciones. “Es como si viviéramos las secuelas de una guerra sin que hayamos pasado por una. Los muchachos se van poniendo tristes, es un problema de salud pública”.

La investigadora en el área educativa Olga Ramos considera que esa es una de las situaciones que conspira contra la enseñanza. “La dinámica nacional afecta a los niños y su capacidad de estar presentes en el proceso de aprendizaje”.


El Nacional